KAKUY
Vive
en la selva un pájaro nocturno que al romper el silencio de las breñas,
estremece las almas con su lúgubre canto. Ese ave tiene una historia, y es la
tragedia de su origen la que evoca su grito lastimero, ayeando entre las
arboledas tenebrosas. Sobre los himplidos del Runauturuncu, los baladros del
Toro-Zupay, los relinchos de la mulánima y toda la fauna mítica del monte, el
Kacuy plañirá eternamente porque no suena en su voz la fuerza ni la amenaza, ni
el crimen, sino el dolor humano, sometido a lo inexorable de una fatalidad
vengadora.
En
época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos
habitaba su rancho en las selvas. Solos vivían desde la muerte de sus padres,
sin que la comunidad de su sangre hubiese atenuado las diferencias de sus
idiosincrasias antagónicas. El era bueno; ella era cruel. Amábala el muchacho
como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas, pero ella acibaraba sus días
con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba en ocasiones la choza,
internándose en la maraña; y amainando en el aislamiento sus iras, la mala se
apaciguaba hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus
telares. Vagando el triste por las umbrías, pensaba en ella; las algarrobas más
gordas, los mistoles más dulces, las más sazonadas tunas, llevábalas al rancho.
Vivían
de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Hoy, traía para la casa un
mikilo atrapado a garrote en el estero cercano, o bien un sábalo pescado en
fisga en el remanso del río; si no un kirkincho de la barranca próxima o algún
panal de lechiguana, manando rubio néctar por los simétricos alveolos. Palmo a
palmo conocía su monte, y siendo cazador de tigres, además, protegía la morada.
Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir la
abeja voladora que lo llevara a su colmena: la de la ashpamishqui, escondida en
el suelo, en un cardón, enjambrada; la del tiusimi y la de cayasanes o de
queyas, fabricada en el tronco de los más duros árboles....todo esto le costaba
trabajo y pequeños dolores; pero ella, en cambio, se mostraba indiferente, como
gozándose en sus penas.
Volvió
una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa, pues como
reinaba la seca, estaban yermos y en escasez los campos. Sangrábale la mano,
porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída entre unas
matas, pinchóle un uturuncu-huacachina, el cactus espinoso que hace llorar al
tigre, Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de
agua para restañarse los arponazos. Trajo ambas cosas, más en lugar de
servírselas, derramó en su presencia la botijilla de agua y el tupo de miel. El
hombre, una vez más, ahogó su desventura; pero como al día siguiente le volcara
la ollita donde se coccionaba el locro de su refrigerio matinal, la invitó para
que lo acompañase a un sitio no distante, donde había descubierto miel
abundante de moros-moros. Su invitación encubría upalleros designios de
venganza. No vistió su zamarra profesional, ni los guanteletes, ni el
sachasombrero, ni llevó las bocinas de las meleadas porque juzgaba fácil la
aventura.
El
árbol, un abuelo del bosque, era, sin embargo, de gigantesca talla. Cuando
llegaron allí, la persuadió a que debían obrar con cuidado, buscando
beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían
historias de meleros desaparecidos misteriosamente a manos de un dios invisible
que protege las colmenas...Sobre la horqueta más alta hizo pasar su lazo, y
preparó en un extremo a guisa de columpio para que subiese su hermana, bien
cubierta por el poncho, en defensa del enjambre ya alborotado por la maniobra.
Tirando al otro extremo a manera de corrediza palanca, la solivio en el aire,
hasta llegar a la copa; y cuando ella se hubo instalado allá sin descubrirse,
él comenzó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos,
mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.
Presa
quedaba en lo alto la infeliz. Transcurrieron instantes de silencio. Ella
habló. Nadie le respondía...
Como
empezaba a temer, solevantó la manta que la tapaba dejando apenas una rendija
para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre
revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y de trompas. Ese rumor confuso
revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni
el lugar. Ciega de horror y de coraje, se desembozó de súbito, así la
acribillaran las moro-moros; y al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la
dominó... ¡Sola, sola, sola para siempre!
Abandonada
a semejante altura, sobre un tronco liso y largo sin otras ramas que esas a las
cuales se aferraban sus manos prietas en constreñir de nudo, espiaba para ver
si el hermano aparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la
brusquedad del bosque amilanábala. No obstante, si perecía allá, quién sabe si
los caranchos voraces no vendrían a saciarse en ella como en las osamentas de
los animales que morían ignorados en el monte.
Mientras
tanto, la noche iba descendiendo en progresiva nitidez de sombra. Desde su
atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el
panorama de la selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las
copas verdes que se unían formando obscuro océano encrespado de gigantescas
olas. El sol, hundiéndose tras de los árboles, la impresionó más soberbio que
nunca, iluminando el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado
el cielo de occidente por cosmogónicos esplendores. Luego vió aquella gran luz
aguarse hasta disolverse toda en la noche, noche sin astros para mayor
desventura.
Nunca
se le mostraron más pavoroso el cielo ni más callada la breña. Viniéronle
ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y
tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas ahora se le añuscaba la
garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla.
Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma
toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en el esfuerzo anómalo
con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de búho; la
nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos abiertos en agónica
distensión, se emplumecían desde los hombros a las manos. Diseña asfixiante la
estranguló; al verse, de pronto, convertida en ave nocturna, un ímpetu de valor
arrancóla del árbol y la empujó a las sombras.
Así
nació el kacuy, y la pena que se rompió en su garganta llamando a aquel hermano
justiciero, es el grito de contricción que aún resuena sobre la noche de los
bosques natales, gritando: ¡Turay... Turay... Turay!










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