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sábado, 31 de octubre de 2020

La Patrona

 


Billy Weaver había salido de Londres en el cansino tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath, a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estrellado, por encima de las casas que daban frente a la estación. La atmósfera, sin embargo, era mortalmente fría, y el viento, como una plana cuchilla de hielo aplicada a las mejillas del viajero.

—Perdone —dijo Billy—, ¿sabe de algún hotel barato y que no quede lejos?


—Pruebe en La Campana y el Dragón —le respondió el mozo al tiempo que indicaba hacia el otro extremo de la calle—. Quizá allí. Está a unos cuatrocientos metros en esa dirección.

Billy le dio las gracias, volvió a cargar la maleta y se dispuso a cubrir los cuatrocientos metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado en Bath ni conocía a nadie allí; pero el señor Greenslade, de la central de Londres, le había asegurado que era una ciudad espléndida.

«Búsquese alojamiento —dijo—, y, en cuanto se haya instalado, preséntese al director de la sucursal.»Billy contaba diecisiete años. Llevaba un sobretodo nuevo, color azul marino, un sombrero flexible nuevo, color marrón, y un traje también marrón y nuevo, y se sentía la mar de bien. Caminaba a paso vivo calle abajo. En los últimos tiempos trataba de hacerlo todo con viveza. La viveza, había resuelto, era, por excelencia, característica común a cuantos hombres de negocios conocían el éxito. Los jefazos de la casa matriz se mostraban en todo momento dueños de una absoluta, fantástica viveza. Eran asombrosos. No había tiendas en la anchurosa calle por donde avanzaba, sólo una hilera de altas casas a ambos lados, idénticas todas ellas Dotadas de pórticos y columnas, y de escalinatas de cuatro o cinco peldaños que daban acceso a la puerta principal, era evidente que en otros tiempos habían sido residencias de mucho postín.


Ahora sin embargo, observó Billy pese a la oscuridad, la pintura de puertas y ventanas se estaba descascarillando y las hermosas fachadas blancas tenían manchas y resquebrajaduras debidas a la incuria. De pronto, en una ventana de taños bajos brillantemente iluminados por una farola distante menos de seis metros, Billy percibió un rótulo impreso que, apoyado en el cristal de uno de los cuarterones altos, rezaba:

 

ALOJAMIENTO Y DESAYUNO.

 

Justo debajo del cartel había un hermoso y alto jarrón con amentos de sauce. Billy se detuvo. Se acercó un poco. Cortinas verdes (una especie de tejido como aterciopelado) pendían a ambos lados de la ventana. Junto a ellas, los amentos de sauce quedaban maravillosos. Aproximándose ahora hasta los mismos cristales, Billy echó una ojeada al interior. Lo primero que distinguió fue el alegre fuego que ardía en la chimenea. En la alfombra, delante del hogar, un bonito y pequeño basset dormía ovillado, el hocico prieto contra el vientre. La estancia, en cuanto le permitía apreciar la penumbra, estaba llena de muebles de agradable aspecto: un piano de media cola, un amplio sofá y varios macizos butacones. En una esquina, en su jaula, advirtió un loro grande.

En lugares como aquél, la presencia de animales era siempre un buen indicio, se dijo Billy; y le pareció que la casa, en conjunto, debía de resultar un alojamiento harto aceptable. Y a buen seguro más cómodo que La Campana y el Dragón. Una taberna, por otra parte, resultaría más simpática que una pensión: por la noche habría cerveza y juego de dardos y cantidad de gente con quien conversar; y además era probable que el hospedaje fuese allí mucho más barato. En otra ocasión había parado un par de noches en una taberna, y le gustó. En casas de huéspedes, en cambio, no se había alojado nunca, y. para ser del todo sincero, le asustaban una pizca. Su propio título le evocaba imágenes de aguanosos guisos de repollo, patronas rapaces y, en el cuarto de estar, un fuerte olor a arenques ahumados. Tras unos minutos de vacilación, expuesto al frío, Billy resolvió llegarse a La Campana y el Dragón y echarle un vistazo antes de decidirse. Se dispuso a marchar. Y, en ese instante, le ocurrió una cosa extraña: a punto ya de retroceder y volverle la espalda a la ventana, súbitamente y de forma en extremo singular vio atraída su atención por el rotulito que allí había. 


ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, proclamaba. ALOJAMIENTO Y DESAYUNO, ALOJAMIENTO Y DESAYUNÓ, ALOJAMIENTO Y DESAYUNO.

 

Las tres palabras eran como otros tantos grandes ojos negros que, mirándole de hito en hito tras el cristal, le sujetaran, le obligasen, le impusieran permanecer donde estaba, no alejarse de aquella casa; y, cuando quiso darse cuenta, ya se había apartado de la ventana y, subiendo los escalones que le daban acceso, se encaminaba hacia la puerta principal y alcanzaba el timbre. Pulsó el llamador, cuya campanilla oyó sonar lejana, en algún cuarto trasero; y enseguida —tuvo que ser enseguida, pues ni siquiera le había dado tiempo a retirar el dedo apoyado en el botón—, la puerta se abrió de golpe y en el vano apareció una mujer.


En condiciones ordinarias, uno llama al timbre y dispone al menos de medio minuto antes de que la puerta se abra. Pero de aquella señora se hubiera dicho que era un muñeco de resorte comprimido en una caja de sorpresas: él apretaba el botón del timbre y... ¡hela allí! La brusca aparición hizo respingar a Billy. La mujer, de unos cuarenta y cinco años, le saludó apenas verle, con una afable sonrisa acogedora.


—Entre, por favor —le dijo en tono agradable según se hacía a un lado y abría de par en par la puerta.


Y, de forma automática, Billy se encontró trasponiendo el umbral. El impulso, o, para ser más precisos, el deseo de seguirla al interior de aquella casa, era poderosísimo.


—He visto el anuncio que tiene en la ventana —dijo conteniéndose.


 —Sí, ya lo sé.


—Andaba en busca de una habitación.


—Lo tiene todo preparado, joven —dijo ella. Tenía la cara redonda y rosada, y los ojos, azules, eran de expresión muy amable.


—Me dirigía a La Campana y el Dragón —explicó Billy—, pero, casualmente, me llamó la atención el cartel que tiene en la ventana.


—Mi querido muchacho —repuso ella—, ¿por qué no entra y se quita de ese frío?


—¿Cuánto cobra usted?


—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.


Era prodigiosamente barato: menos de la mitad de lo que estaba dispuesto a pagar.


—Si lo encuentra caro —continuó ella—, quizá pudiera ajustárselo un poco. ¿Desea un huevo con el desayuno? Los huevos están caros en este momento. Sin huevo, le saldría seis peniques más barato.


 —Cinco chelines y seis peniques está muy bien —contestó Billy—. Me gustaría alojarme aquí.


—Estaba segura de ello. Entre, entre usted.


Parecía tremendamente amable: ni más ni menos como la madre de un condiscípulo, nuestro mejor amigo, al acogerle a uno en su casa cuando llega para pasar las vacaciones de Navidad. Billy se quitó el sombrero y traspuso el umbral.


—Cuélguelo ahí —dijo ella—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.


No había otros sombreros ni abrigos en el recibidor; tampoco paraguas ni bastones: nada.


—Tenemos toda la casa para nosotros dos —comentó ella con una sonrisa, la cabeza vuelta, mientras le precedía por las escaleras hacia el piso superior—. Muy rara vez tengo el placer de recibir huéspedes en mi pequeño nido, ¿sabe?


Está un poco chalada, la pobre, se dijo Billy; pero, a cinco chelines y seis peniques por noche, ¿qué puede importarle eso a nadie?


—Yo hubiera pensado que estaría usted lo que se dice asediada de demandas —apuntó cortés.


—Oh, y lo estoy, querido, lo estoy; desde luego que lo estoy. Pero la verdad es que tiendo a ser un poquitín selectiva y exigente..., no sé si me explico.


—Oh, sí.—De todas formas, siempre estoy a punto. En esta casa está todo a punto, noche y día, ante la remota posibilidad de que se me presente algún joven caballero aceptable. Y resulta un placer tan grande, realmente tan inmenso, cuando, de tarde en tarde, abro la puerta y me encuentro con la persona verdaderamente adecuada. Se encontraba a mitad de la escalera, y allí se detuvo, apoyando la mano en la barandilla, para volverse y ofrecerle la sonrisa de sus pálidos labios.


—Como usted —concluyó al tiempo que sus ojos azules recorrían lentamente el cuerpo de Billy de la cabeza a los pies y, luego, en dirección inversa. Al alcanzar el primer descansillo, agregó:—Esta planta es la mía. Y tras subir otro piso: —Y ésta es enteramente suya —proclamó—. Su cuarto es éste. Espero que le guste.

 

Y le condujo al interior de una reducida pero seductora habitación delantera cuya luz encendió al entrar.


—El sol de la mañana da de pleno en la ventana, señor Perkins. Porque se llama usted Perkins, ¿no es así?—No, me llamo Weaver.


—Weaver. Un apellido muy bonito. He puesto una botella de agua caliente, para quitarle la humedad de las sábanas, señor Weaver. Encontrar una botella de agua caliente entre las limpias sábanas de una cama desconocida es tan placentero, ¿no le parece? Y, si siente frío, puede encender el gas de la chimenea cuando le apetezca.


—Muchas gracias —respondió Billy—. Muchísimas gracias.


Advirtió que la colcha había sido retirada y que el embozo aparecía pulcramente doblado a un lado: todo listo para acoger a quien ocupara e! lecho.


—Celebro infinito que haya aparecido —dijo ella, mirándole con intensidad el rostro—. Comenzaba a preocuparme.


—Descuide —respondió Billy, muy animado—. No tiene por qué preocuparse por mí. Y, colocada la maleta encima de la silla, empezó a abrirla.


—¿Y la cena, querido joven? ¿Ha podido cenar algo por el camino?


—No tengo nada de hambre, muchas gracias —contestó él—. Lo que voy a hacer, creo, es acostarme lo antes posible, pues mañana he de madrugar un poco; debo presentarme en la oficina.


—Pues conforme. Le dejaré solo, para que pueda deshacer su equipaje. De todas formas, ¿tendría la bondad, antes de retirarse, de pasar un instante por el cuarto de estar, en la planta, y firmar el registro? Es una formalidad que rige para todos, pues así lo establecen las leyes del país, y no es cosa de que contravengamos ninguna ley en estafase del trato, ¿no le parece?


Y, tras agitar la mano a modo de breve saludo, salió presurosa cíe la habitación y cerró la puerta. Pues bien, el hecho de que su patrona diese la impresión de estar un poco chiflada no le preocupaba a Billy en lo más mínimo. Comoquiera que se mirase, no sólo era inofensiva —ese extremo estaba fuera de duda—, sino que se trataba, bien a las claras, de un alma generosa y amable. Era posible, conjeturó Billy, que hubiese perdido un hijo en la guerra, o algo parecido, y que no hubiera llegado a recuperarse del golpe.

De manera que, pasados unos minutos, después de deshacer la maleta y lavarse las manos, trotó escaleras abajo y, llegado a la planta, entró en la sala de estar. No se encontraba allí la patrona, pero el fuego ardía en la chimenea y el pequeño basset continuaba durmiendo frente al hogar. La estancia estaba magníficamente caldeada y acogedora. Soy un tipo con suerte, se dijo frotándose las manos. Esto está requetebién. Como encontrara el registro encima del piano y abierto, sacó la pluma y anotó su nombre y dirección. La página sólo tenía dos inscripciones anteriores, y, como siempre hacemos en tales casos, se puso a leerlas. La primera era de un tal Christopher Mulholland, de Cardiff. La otra, de Gregory W. Temple, de Bristol. Qué curioso, pensó de pronto. Christopher Mulholland. Ese nombre me suena. Y bien, ¿dónde diablos habría oído aquel apellido un tanto insólito? ¿Correspondería a un condiscípulo? No. ¿Se llamaría así alguno de los muchos pretendientes de su hermana, o, tal vez, un amigo de su padre? No, no, ni lo uno ni lo otro. Echó una nueva ojeada al libro.

 

Christopher Mulholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol

 

A decir verdad, y ahora que se detenía a pensarlo, no estaba muy seguro de que el segundo nombre no le sonase casi tanto como el primero.

—Gregory Temple —dijo en voz alta mientras exploraba en su memoria.


— Christopher Mulholland...


—Encantadores muchachos —apuntó una voz a su espalda.

Al volverse vio a su patrona, que entraba en la sala como flotando, cargada con una gran bandeja de plata para el té. La sostenía muy en alto, como si fueran las riendas de un caballo retozón.

—No sé de qué, pero esos nombres me suenan —dijo Billy.


—¿De veras? Qué interesante.


—Estoy casi convencido de haberlos oído ya en alguna parte. ¿No es extraño? Quizá los leyese en el periódico. No serían famosos por algo, ¿verdad? Quiero decir, famosos jugadores de cricket o de fútbol, o algo por el estilo...


—¿Famosos? —repitió ella al dejar la bandeja en la mesita que daba frente al hogar —. Oh, no, no creo que fueran famosos. Pero, de eso sí puedo darle fe, ambos eran extraordinariamente guapos: altos, jóvenes, apuestos..., justo como usted, querido joven. Una vez más, Billy ojeó el registro.


—Pero oiga —dijo al reparar en las fechas—, esta última anotación tiene más de dos años.


—¿En serio?—Desde luego. Y Christopher Mulholland le precede en casi un año. Hace, pues, más de tres años de eso.


—Santo cielo —exclamó ella meneando la cabeza y con un pequeño suspiro melifluo—. Nunca lo hubiera pensado. Cómo vuela el tiempo, ¿verdad, señor Wilkins?


—Weaver —corrigió Billy—. Me llamo W-e-a-v-e-r.


—¡Oh, por supuesto! —gritó al tiempo que se sentaba en el sofá—. Qué tonta soy. Mil perdones. Las cosas, señor Weaver, me entran por un oído y me salen por el otro. Así soy yo.


—¿Sabe qué hay de verdaderamente extraordinario en todo esto? —replicó Billy.


—No, mi querido joven, no lo sé.


—Pues verá usted... estos dos apellidos, Mulholland y Temple, no sólo me da la impresión de recordarlos separadamente, por así decirlo, sino que, por el motivo que sea, y de forma muy singular, parecen, al mismo tiempo, como relacionados entre sí. Corno si ambos fuesen famosos por un misino motivo, no sé si me explico... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o Churchill y Roosevelt.


—Qué divertido —respondió ella—; pero acérquese, querido, siéntese aquí a mi lado en el sofá, y tome una buena taza de té y una galleta de jengibre antes de irse a la cama.


—No debería molestarse, de veras —dijo Billy—. No había necesidad de preparar tantas cosas.

 

Lo dijo plantado en pie junto al piano, observándola conforme manipulaba ella las tazas y los platillos. Reparó en sus manos, que eran pequeñas, blancas, ágiles, de uñas esmaltadas de rojo.


—Estoy casi seguro de que ha sido en los periódicos donde he visto esos nombres —insistió el muchacho—. Lo recordaré en cualquier momento. Estoy seguro. No hay mayor tormento que esa sensación de un recuerdo que nos roza la memoria sin penetrar en ella. Billy no se avenía a desistir.—Un momento —dijo—, espere un momento... Mulholland... Christopher Mulholland... ¿No se llamaba así aquel colegial de Eton, que recorría a pie el oeste del país, cuando, de pron...?


—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Azúcar también?


—Sí, gracias. Cuando, de pronto...


—¿Un colegial de Eton? —repitió la patrona—. Oh, no, imposible, querido; no puede tratarse, en forma alguna, del mismo señor Mulholland: el mío, cuando vino a mí, no era ciertamente un colegial de Eton sino un universitario de Cambridge. Y ahora, venga aquí, siéntese a mi lado y entre en calor frente a este fuego espléndido. Vamos. Su té le está esperando.


Y, con unas palmaditas en el asiento que quedaba libre a su lado, sonrió a Billy a la espera de que se acercase. El muchacho cruzó lentamente la estancia y se sentó en el borde del sofá. Ella le puso delante la taza de té, en la mesita.

 

—Bueno, pues aquí estamos —dijo ella—. Qué agradable, qué acogedor resulta esto, ¿verdad?

 

Billy dio un primer sorbo a su té. Ella hizo otro tanto. Por espacio, quizá, de medio minuto, ambos guardaron silencio. Billy, sin embargo, se daba cuenta de que ella le miraba. Parcialmente vuelta hacia él, sus ojos, así lo percibía, le observaban por encima de la taza, fijos en su rostro. De vez en cuando el muchacho sentía hálitos de un peculiar perfume que parecía emanar directamente de ella. De forma algo desagradable, le recordaba..., bueno, no hubiera sabido decir a qué le recordaba. ¿Las castañas confitadas? ¿El cuero por estrenar? ¿O sería, acaso, los pasillos de los hospitales?


—El señor Mulholland —comentó ella por fin— era un extraordinario bebedor de té. En la vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el adorable, encantador señor Mulholland.


—Imagino que marcharía hace no mucho —dijo Billy, que continuaba devanándoselos sesos en relación con ambos apellidos.


Ahora tenía ya la absoluta certeza de haberlos leído en la prensa, en los titulares.


—¿Marchar, dice? —contestó ella arqueando las cejas—. Pero querido joven, el señor Mulholland jamás hizo tal cosa. Sigue aquí. Como el señor Temple. Están los dos en el tercer piso, juntos.


Billy depositó con cuidado la taza en la mesa y miró de hito en hito a su patrona. Ella le sonrió, avanzó una de sus blancas manos y le dio unas confortables palmaditas en la rodilla.

—¿Qué edad tiene usted, mi querido muchacho? —quiso saber.


—Diecisiete años.


—¡Diecisiete años! —exclamó la patrona—. ¡Oh, la edad ideal! La misma que tenía el señor Mulholland. Aunque él, diría yo, era un poquitín más bajo; lo que es más, lo aseguraría; y no acababa de tener tan blancos los dientes. Sus dientes son una preciosidad, señor Weaver, ¿lo sabía usted?


—No están tan sanos como parecen —respondió Billy—. Tienen montones de empastes detrás.


—El señor Temple era, desde luego, algo mayor —continuó ella, pasando por alto la observación—. La verdad es que tenía veintiocho años. Pero, de no habérmelo dicho él, yo nunca lo hubiera imaginado. Jamás en la vida. No tenía una mácula en el cuerpo.


—¿Una qué?


—Que su piel era lo mismito que la de un bebé.


Siguió un silencio. Billy recuperó la taza, sorbió de nuevo y volvió a depositarla cuidadosamente en el plato. Esperó a que su patrona interviniera de nuevo; pero ella daba la impresión de haberse sumido en otro de aquellos silencios suyos. Billy se quedó mirando con fijeza hacia el rincón opuesto, los dientes clavados en el labio inferior.

—Ese loro —dijo finalmente—, ¿sabe que me engañó por completo, cuando lo vi desde la calle? Hubiera jurado que estaba vivo.


—Ay, ya no.


—La disección es habilísima —añadió él—. No se le ve nada muerto. ¿Quién la hizo?


—La hice yo.


—¿Usted?


—Claro está. Y ya se habrá fijado, también, en mi pequeño Basil —dijo, señalandocon la cabeza al basset tan plácidamente ovillado ante el hogar.

Vueltos hacia él los ojos, Billy se percató, de repente, de que el perro había permanecido todo el rato tan inmóvil y silencioso como el loro. Extendió una mano y le palpó suavemente lo alto del lomo. Lo encontró duro y frío, y, al peinarle el pelo con los dedos, vio que la piel, de un negro ceniciento, estaba seca y perfectamente conservada.

—Por todos los santos —exclamó—, esto es de todo punto fascinante.


Olvidando al perro, observó con profunda admiración a la mujer menudita que ocupaba el sofá a su lado y añadió—: Un trabajo como éste debe de resultarle dificilísimo.

—En absoluto —replicó ella—. Diseco personalmente a todas mis mascotas cuando pasan a mejor vida. ¿Le apetece otra taza de té?


—No, gracias —respondió Billy.


Tenía la infusión un cierto sabor a almendras amargas y no le atraía demasiado.

—Ha firmado usted el registro, ¿verdad?


—Sí, claro.


—Buena cosa. Lo digo porque, si más adelante llego a olvidar cómo se llamaba usted, siempre me queda la solución de bajar y consultarlo. Lo sigo haciendo, casi a diario, en cuanto al señor Mulholland y el señor... el señor...


—Temple —apuntó Billy—. Gregory Temple. Perdone la pregunta, pero ¿acaso no ha tenido, en estos últimos dos o tres años, más huéspedes que ellos?

Con la taza de té en una mano y sostenida en alto, la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, la patrona le miró de soslayo y, con otra de aquellas amables sonrisitas, dijo:


—No, querido. Sólo usted.



Autor: Roald Dahl



domingo, 25 de octubre de 2020

Escalofríos


Goosebumps (Pesadillas en España y Escalofríos en Hispanoamérica) es una serie de televisión canadiense transmitida por los canales YTV de Canadá, Canal Famille de Quebec y Fox Kids de Estados Unidos, de 1995 a 1998 —desde 2007, se ha vuelto a emitir en su totalidad por la cadena estadounidense Cartoon Network durante Halloween, Jetix de Europa e India, NHK de Japón y KBS 2TV de Corea del Sur. Constituida como una serie antológica de terror dirigida a la audiencia juvenil e infantil, Goosebumps está basada en la serie de libros de Robert Lawrence Stine (quien en algunos capítulos aparece como el presentador) y sus spin-off Goosebumps 2000 y Goosebumps: 10 Tales to....


La serie fue producida por Hyperion Pictures y Protocol Entertainment, en asociación con Scholastic Corporation. Su distribución a nivel internacional corrió a cargo de Saban International.


En España fue emitida por Antena 3, en Hispanoamérica por Jetix, en Chile por Mega, en México por el Canal 5, en Argentina por Canal 9 y Magazine, en Paraguay por Canal 13 y Unicanal y en Venezuela por Venevisión.



A diferencia de Are You Afraid of the Dark?, cada episodio comenzaba sin nadie que contara la historia, salvo los episodios donde R. L. Stine apareció dando una pequeña sinopsis del episodio.


Algunos de los Episodios que Deberías Ver Para Este Halloween


🎃 Mi Vecino es un Fantasma 🎃

Una joven nota que su vecino es extraño y comienza a sospechar que es un espectro. Ella termina descubriendo algo impactante respecto a Danny, su vecino.


🎃 La Venganza de los Gnomos del Jardín 🎃

El padre de Joe es fanático de los enanos de jardín y decora toda su casa con ellos. El problema es que Joe, junto a su hermana Mindy, descubren que estos adornos tienen vida.


🎃 Terror en la Biblioteca 🎃

Lucy Dark es fanática de los monstruos, algo que molesta a toda su familia. Por eso en las vacaciones su madre le dice que vaya a la biblioteca a pasar el rato y olvidarse de ellos. El problema es que la pequeña descubre que el bibliotecario es un monstruo grotesco.


🎃 No Bajes al Sótano 🎃

Margaret y Casey son dos hermanos que quieren descubrir qué es lo que su padre está creando al pasar tanto tiempo en el sótano de casa. Terminan descubriendo a su padre secuestrado por los inventos que él mismo creó.


🎃 El Espantapájaros Camina a Medianoche 🎃

Una pareja comienza a sufrir dentro de su granja: cargan con la presencia de un demoníaco espantapájaros que ha sido traído a la vida por medio de magia negra.


🎃 Una Noche en la Torre del Terror 🎃

Un par de hermanos deberá intentar permanecer con vida cuando se extravían en una visita guiada a una cámara de tortura donde el fantasma de un verdugo los persigue.



🎃 El Hombre Lobo de Fever Swamp 🎃

Grady Tucker se muda a una nueva ciudad que tiene en sus cercanías un pantano. Lo que nunca imaginó es que allí también residía un hombre lobo y deberá hacer todo para proteger a su familia.


🎃 La Máscara Encantada 🎃

Todo comienza cuando Carly Beth Caldwell compra una máscara para Halloween pero no escucha cuando el vendedor le advierte que no la use más de tres veces. Ella deberá quitarse esta maldición.


🎃 La Noche del Muñeco Viviente 🎃

Uno de los personajes de la serie que más miedo nos dio. Todo comienza cuando Amy recibe de regalo un misterioso muñeco de parte de un ventrílocuo, aunque no era un simple juguete.

viernes, 23 de octubre de 2020

La Chica del Kiosco

 Pasó una cosa rara una vez en un pueblito que quedaba en una de las regiones más lejanas de Islandia. Fue a principios de siglo cuando no había teléfonos ni radio ni televisión, cuando no había nada que salvara a los que vivían en esos pueblos de la pesada tristeza que va devorando el alma. Era el momento más sombrío del año, cuando nunca se ve el sol y la semioscuridad llena todos los recovecos de la vida. Todo parece dejar de respirar, helado e inmóvil, hasta que de pronto cae la lluvia y la cara del Ártico se convierte en un revoltijo de humedad, mugre, oscuridad y desesperanza. Entonces empieza a nevar y en derredor las empinadas laderas de los montes son el interior blanco de un gigantesco ataúd. El mundo se congela otra vez, vuelve a llover, nieva; parece que nunca se van a terminar esas malditas desdichas. Es el momento del año en el que muchas de las gentes que viven en esos pueblitos dejan de hablar. Cuando se encuentran en las calles, miran hacia delante o hacia abajo en impenetrable silencio, los dientes apretados. Otros se quedan días enteros en la cama, las cabezas tapadas con las cobijas. Es tiempo de odio, de venganza, violación y locura. También es tiempo de fantasmas.


En ese pueblo vivía una chica. Era la empleada del único kiosco del pueblo. Si bien los que vivían allí se arrastraban tarde o temprano hasta el kiosco aunque más no fuera para tratar de mantener el latido de la poca vida que les iba quedando, la chica estaba sola la mayor parte del tiempo. Y se sentía, en esos meses más oscuros del año, tan llena de tristeza como cualquier otro. Uno de esos días en los que estaba sola, comiéndose las uñas como siempre, totalmente embobada, sucedió algo espantoso: un fantasma entró al kiosco. Era un fantasma que había andado por toda la costa matando literalmente de miedo a la gente con algunas cochinas tretas. Pero como este pueblo estaba tan aislado, nadie había oído todavía nada de sus roñosas hazañas.


El fantasma se acercó a la chica llevando su cabeza bajo el brazo y le preguntó:

–¿Tiene hilo de coser?

–¿Qué clase de hilo? –preguntó la chica mirando la cabeza bajo el brazo sin pestañear siquiera.

–Tengo que coserme la cabeza al cuello –dijo el fantasma, y bajo el brazo la cabeza le hacía horribles muecas burlonas a la chica.

–¿Qué prefiere? –dijo ella–. ¿Hilo blanco o hilo negro?

El fantasma se quedó alelado. Había andado matando a la gente por la costa sólo con jugarle esa mala pasada: se morían nomás, de un ataque al corazón. Pero ahora, aturdido y sin saber qué hacer, solamente atinó a agarrar la cabeza y sacudirla frente a la chica. La chica se sacó la cabeza. El fantasma nunca había visto a una persona que pudiera sacarse su propia cabeza como hacen los fantasmas, así que se puso pálido de miedo y sintió que un escalofrío le corría por la descabezada espina dorsal. Dejó caer la cabeza al suelo, salió corriendo del kiosco y nunca más se lo volvió a ver.


La chica se puso su cabeza, levantó la cabeza del fantasma, le envolvió en papel marrón y la tiró en el montón de basura detrás del kiosco. Volvió al mostrador y empezó de nuevo embobada a comerse las uñas. No le contó a nadie lo que había pasado.
Siguió trabajando en el kiosco hasta que se casó con un tipo cualquiera que le daba tremendas palizas durante esa época tan oscura del año.
Hasta que un día ella perdió la paciencia y se sacó la cabeza frente a él. El tipo no le volvió a pegar nunca más y vivieron felices el resto de sus vidas.

Autora: Elsa Stefánsdóttir

domingo, 18 de octubre de 2020

HELLRAISER


Hellraiser es una película británica de terror estrenada en 1987, escrita y dirigida por Clive Barker, y basada en su propia novela titulada The Hellbound Heart. Se la considera tanto una película de culto como un clásico del género.


La película explora temas como el sadomasoquismo, la relación entre el dolor y el placer, y la moralidad de personajes sometidos al temor y la tentación. Es la primera entrega de una saga que llega hasta el año 2018 y presenta al personaje Pinhead, el cual pronto se convirtió en un icono del Cine de terror.


Hellraiser (1987)


Frank Cotton (Sean Chapman), un hombre joven y ambicioso, adquiere una misteriosa caja negra que procede de un bazar oriental. La caja no es lo que parece ya que, una vez a solas en casa, Frank descubre que ésta tiene poderes mágicos y que permite la entrada a unas extrañas criaturas llamadas cenobitas procedentes de otra dimensión. Éstas son mucho más terribles y violentas de lo que imaginaba y finalmente acabarán con la vida de Frank y volverán a su mundo llevándose consigo la caja negra.


Veinte años después, Larry Cotton (Andrew Robinson) acompañado por su esposa Julia (Clare Higgins) y su hija, Kirsty (Ashley Laurence), se muda a esta vieja casa. Allí descubren a una horrible criatura escondida en lo más alto de la casa, que resulta ser Frank, el hermano de Larry y también ex-amante de Julia. Después de haber perdido cuerpo atacado por los cenobitas, Frank podrá volver a su antigua forma gracias a la sangre. Julia le proporcionará esta sangre sin que nadie se entere, para que Frank logre completar su cuerpo de nuevo, pero los cenobitas no estarán nada contentos con esta decisión…


Hellbound: Hellraiser II (1988)


La joven Kirsty Cotton (Ashley Laurence) es llevada a un psiquiátrico para intentar olvidar y superar la muerte de su familia. En el sanatorio coincide con el Doctor Channard (Kenneth Cranham) y su asistente, Kyle MacRae (William Hope), quienes la entrevistan para saber qué ha ocurrido realmente. Kirsty se encuentra aún algo aturdida por lo que presenció, ya que los Cenobitas despellejaron a sus padres y quiere advertir de la existencia de estas terribles criaturas. El Doctor Channard es un inteligente y poderoso hombre que esconde oscuros secretos y que encuentra en Kirsty la pieza clave que necesita para encontrar la puerta que le lleve al infierno.


Resucitando el cadáver sin piel de la madrastra de Kirsty, Julia (Clare Higgins), el Dr. Channard logra abrir una puerta a una dimensión oculta para que Julia, el Doctor Channard, Kristy y su amigo mudo, Tiffany (Imogen Boorman), pasen a través de ella y sean testigos de las luchas de poder entre los nuevos condenados.


Hellraiser III. Infierno en la Tierra (1992)


Joey Summerskill, un periodista, presencia en un hospital la horrible muerte de un joven que llevaba cadenas hundidas en su cuerpo. Junto al chico se encontraba Terry, a la que Joey entrevista para sacar más información. Posteriormente, entre ellos empieza a surgir una relación sentimental a la par que deciden investigar el porqué de la muerte del amigo de Terry, que podría estar en una caja negra.


Joey y Terry se van a la tienda de arte de la que podría haber salido la sospechosa caja negra, pero se encuentra que lleva cerrada tiempo. Tras forzar la puerta, descubren en el historial que la caja fue enviada desde un hospital psiquiátrico, donde seguirán la pista que les llevará a conocer el verdadero terror que guarda la caja.


Hellraiser IV: El final de la dinastía sangrienta (1996)

Año 2127. El doctor Merchant, a bordo de una estación espacial, se prepara para cumplir una misión decisiva: acabar con los cenobitas, cerrando para siempre las puertas del infierno. Desde que un antepasado suyo del siglo XVIII construyera el cubo infernal conocido como la Configuración de los Lamentos, varias generaciones de los Merchant han sufrido la maldición de los cenobitas y su diabólico enviado, Pinhead. Pero, ahora, el doctor Merchant ha creado un instrumento que anula los poderes de la Configuración de los Lamentos. En las profundidades del espacio, se acerca la confrontación final con Pinhead.

Hellraiser V: Inferno (2000)

Un detective de Los Ángeles se ve involucrado en un mundo terrorífico de asesinatos, sadismo y locura cuando resuelve el enigma que libera al demonio Pinhead. Cuando todos los que le rodean empiezan a morir decide acabar el mismo con el demonio y así intentar recuperar su vida.


Hellraiser VI: Hellseeker (2002)

El terrorífico demonio Pinhead y sus malvados seguidores regresan a la Tierra para trazar un plan casi perfecto y desencadenar el Apocalipsis en el mundo. Sin embargo, Pinhead no cuenta con Kirsty Cotton, la única persona que se ha enfrentado a él y ha conseguido derrotarlo en el pasado. La joven tendrá en sus manos salvar a la humanidad.


Hellraiser VII: Deader (2005)


Cinco jóvenes fanes de Hellraiser asisten al funeral de Adam, un amigo quien se suicidó. Todos afirman que el hecho no ha tenido nada que ver con jugar a Hellworld, un juego de internet cuyo fin es abrir la Caja de Lemarchand. Pasan dos años y los cinco jóvenes se reúnen en una fiesta cuya invitación se consigue ganando Hellworld. Ya allí el anfitrión los invita a mostrarles la sombría casa donde toma lugar la fiesta. Una vez en el sótano, dos de ellos beben licor, otro toca una baraja con imágenes de Hellraiser y una tercera se rocía un perfume que le hace arder la piel.


Uno a uno comienzan a morir, asesinados por Pinhead, pero lo que realmente sucede es que los cinco han sido drogados y enterrados vivos con un celular en sus ataúdes. Su captor, el padre de Adam, los culpa por la muerte de su hijo y a través del celular de sus ataúdes aterroriza sus mentes mientras las drogas que les administró hacen efecto. Para el final solo dos son desenterrados vivos por la policía.


En un motel lejano, el padre de Adam abre la Caja de Lemarchand y es descuartizado por los Cenobitas mientras proclama que todo aquello no es real. Tiempo después, los dos supervivientes conducen por la ruta cuando de repente el padre de Adam aparece en el asiento trasero e intenta que choquen moviendo el volante. El conductor frena y cuando voltean el padre de Adam no está.


Hellraiser VIII: Hellworld (2005)


Un grupo de jóvenes están totalmente fascinados por la última entrega del videojuego Hellraiser, tanto que crean una página web propia como homenaje "Hellword.com" que además imita la configuración Lamet del ciberespacio. La muerte de su amigo un año antes en extrañas circunstancias relacionada con el juego está totalmente olvidada.


Sin embargo, el mítico Pinhead (Doug Bradley) no está nada conforme con esta imitación, de modo que atraerá a los jóvenes a una supuesta fiesta para los fans en las que tomará represalias contra ellos. Los jóvenes no saben que pasarán por una experiencia terriblemente traumática en la que experimentarán las más atroces fantasías y torturas por mano de Pinhead.



Hellraiser: Revelations (2011)


En esta nueva entrega de la clásica saga de terror, Pinhead vuelve a sembrar el pánico y a regar las calles con la sangre de sus víctimas. Dos amigos, que se encuentran viviendo la juerga de sus vidas en México, encuentran el peligroso rompecabezas. Ignoran su contenido y su funcionamiento, pero el alcohol y la diversión les empujan a averiguar qué es lo que esconde la misteriosa caja. Descifran la caja y lo que hacen es abrir la puerta del infierno.


Los amigos desaparecen, y su familia, angustiada, sale en su búsqueda, pero en su lugar, lo que van a encontrar es el terror y la muerte encarnada por Pinhead (Stephan Smith Collins) y todos los demonios que lo acompañan.

Hellraiser: Judgment (2018)


La historia sigue a tres detectives: los hermanos Sean y David Carter (Damon Carney y Randy Wayne), y su nueva compañera Cristine Egerton (Alexandra Harris), quienes investigan el caso de un asesino en serie que mata basándose en los 10 mandamientos. El caso los lleva al 55 de Ludovico Place, una casa abandonada donde encuentran una extraña caja-rompecabezas que abre la puerta a un inframundo lleno de tortura y horror: El mundo de los cenobitas.


El 6 de mayo de 2019 se anunció oficialmente que Spyglass Media Group está desarrollando un reboot de Hellraiser con David S. Goyer escribiendo el guion y también produciendo la película junto a Keith Levine con el estudio Phantom Four, Gary Barber y Chris Stone de Spyglass supervisarán el proyecto que espera regresar a la franquicia a los cines.