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viernes, 16 de octubre de 2026

Entrada Especial y La Leyenda del Kakuy

 


 
Después de estar casi más de un mes perdida por estos lados jajaja fue por dos (casi tres) motivos muy especiales una porque estuve (y estoy) trabajando en la organización desde cero de una Biblioteca Especializada en italiano y dos es que el día miércoles 9 de septiembre me recibí de Técnica Universitaria en Bibliotecología ¡AL FIN! La tercera es que volvi a trabajar en la Feria del Libro de Santiago del Estero.

 
Muchos de mis seguidores saben el motivo de mi elección de esta carrera porque creo en las bibliotecas. En que son casas de historias, puntos de encuentro y lugares abiertos para que cualquiera pueda aprender, imaginar y crecer. Lo mejor fue que el 13 de septiembre es el Día del Bibliotecario/a en mi país, y fue mi primer 13 de septiembre como profesional y no puede estar más emocionada. Estudiar esta carrera fue desafiante y hermoso. Me enseñó que cuidar libros también es cuidar personas. Gracias a cada profe (adjunto fotito con mi profe de la Práctica Profesional) por el conocimiento adquirido, sin ellos no hubiera llegado a ser una profesional, a mi familia y conocidos que me bancaron con mensajes de aliento, obviamente también a ustedes los fieles seguidores de Plegarias en la Noche, mientras yo estaba a full con finales.

 
 
Mi promesa sigue siendo la misma: traerles recomendaciones con mucho amor, pero ahora también con la responsabilidad de quien eligió dedicarse a esto, por eso mismo no me olvido que estamos en el mes de Halloween y les voy a dejar la leyenda en la cual me inspire en la realización de mi Trabajo Final.


 

KAKUY




Vive en la selva un pájaro nocturno que al romper el silencio de las breñas, estremece las almas con su lúgubre canto. Ese ave tiene una historia, y es la tragedia de su origen la que evoca su grito lastimero, ayeando entre las arboledas tenebrosas. Sobre los himplidos del Runauturuncu, los baladros del Toro-Zupay, los relinchos de la mulánima y toda la fauna mítica del monte, el Kacuy plañirá eternamente porque no suena en su voz la fuerza ni la amenaza, ni el crimen, sino el dolor humano, sometido a lo inexorable de una fatalidad vengadora.

 


En época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos habitaba su rancho en las selvas. Solos vivían desde la muerte de sus padres, sin que la comunidad de su sangre hubiese atenuado las diferencias de sus idiosincrasias antagónicas. El era bueno; ella era cruel. Amábala el muchacho como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas, pero ella acibaraba sus días con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba en ocasiones la choza, internándose en la maraña; y amainando en el aislamiento sus iras, la mala se apaciguaba hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares. Vagando el triste por las umbrías, pensaba en ella; las algarrobas más gordas, los mistoles más dulces, las más sazonadas tunas, llevábalas al rancho.

 

Vivían de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Hoy, traía para la casa un mikilo atrapado a garrote en el estero cercano, o bien un sábalo pescado en fisga en el remanso del río; si no un kirkincho de la barranca próxima o algún panal de lechiguana, manando rubio néctar por los simétricos alveolos. Palmo a palmo conocía su monte, y siendo cazador de tigres, además, protegía la morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir la abeja voladora que lo llevara a su colmena: la de la ashpamishqui, escondida en el suelo, en un cardón, enjambrada; la del tiusimi y la de cayasanes o de queyas, fabricada en el tronco de los más duros árboles....todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; pero ella, en cambio, se mostraba indiferente, como gozándose en sus penas.

 


Volvió una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa, pues como reinaba la seca, estaban yermos y en escasez los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída entre unas matas, pinchóle un uturuncu-huacachina, el cactus espinoso que hace llorar al tigre, Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de agua para restañarse los arponazos. Trajo ambas cosas, más en lugar de servírselas, derramó en su presencia la botijilla de agua y el tupo de miel. El hombre, una vez más, ahogó su desventura; pero como al día siguiente le volcara la ollita donde se coccionaba el locro de su refrigerio matinal, la invitó para que lo acompañase a un sitio no distante, donde había descubierto miel abundante de moros-moros. Su invitación encubría upalleros designios de venganza. No vistió su zamarra profesional, ni los guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó las bocinas de las meleadas porque juzgaba fácil la aventura.

 


El árbol, un abuelo del bosque, era, sin embargo, de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, la persuadió a que debían obrar con cuidado, buscando beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían historias de meleros desaparecidos misteriosamente a manos de un dios invisible que protege las colmenas...Sobre la horqueta más alta hizo pasar su lazo, y preparó en un extremo a guisa de columpio para que subiese su hermana, bien cubierta por el poncho, en defensa del enjambre ya alborotado por la maniobra. Tirando al otro extremo a manera de corrediza palanca, la solivio en el aire, hasta llegar a la copa; y cuando ella se hubo instalado allá sin descubrirse, él comenzó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.

 

Presa quedaba en lo alto la infeliz. Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló. Nadie le respondía...

 

Como empezaba a temer, solevantó la manta que la tapaba dejando apenas una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y de trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje, se desembozó de súbito, así la acribillaran las moro-moros; y al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la dominó... ¡Sola, sola, sola para siempre!

 

Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo sin otras ramas que esas a las cuales se aferraban sus manos prietas en constreñir de nudo, espiaba para ver si el hermano aparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad del bosque amilanábala. No obstante, si perecía allá, quién sabe si los caranchos voraces no vendrían a saciarse en ella como en las osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.

 


Mientras tanto, la noche iba descendiendo en progresiva nitidez de sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el panorama de la selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando obscuro océano encrespado de gigantescas olas. El sol, hundiéndose tras de los árboles, la impresionó más soberbio que nunca, iluminando el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de occidente por cosmogónicos esplendores. Luego vió aquella gran luz aguarse hasta disolverse toda en la noche, noche sin astros para mayor desventura.

 

Nunca se le mostraron más pavoroso el cielo ni más callada la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas ahora se le añuscaba la garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en el esfuerzo anómalo con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de búho; la nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos abiertos en agónica distensión, se emplumecían desde los hombros a las manos. Diseña asfixiante la estranguló; al verse, de pronto, convertida en ave nocturna, un ímpetu de valor arrancóla del árbol y la empujó a las sombras.

 


Así nació el kacuy, y la pena que se rompió en su garganta llamando a aquel hermano justiciero, es el grito de contricción que aún resuena sobre la noche de los bosques natales, gritando: ¡Turay... Turay... Turay!